Opinión

De acuerdo con la CNDH de diciembre de 2014 a septiembre de 2015 en el Hospital General Regional Núm. 1 de Culiacán, Sinaloa, murieron 24 recién nacidos, todos de manera inesperada en horas, días, semanas.

Ciudad de México a 29 ago 2018.-(mexicanos contra la corrupción)La respuesta de las autoridades en todo este tiempo ha sido, también, irrefutable:
Enredos, evasivas, indiferencia y un muy largo silencio han sido las únicas respuestas, nada concreto a las madres y los padres de lo qué pasó y por qué pasó.

A casi cuatro años del primer caso, la única certeza con la que han vivido las familias de los infantes fallecidos, es la duda. Dudas e interrogantes es lo que no han podido enterrar las madres y los padres de al menos 24 niñas y niños. ¿Cuál de todas las versiones que se fueron tejiendo en estos años les puede explicar las causas de esas muertes? ¿Quién les dirá, de una vez por todas, qué pasó con la vida de sus hijos que apenas vieron la luz unas horas, unos días, unas semanas, incluso meses?

Casi tres años, desde que se interpuso la primera queja formal, y ninguna de las autoridades, comenzando con los médicos del HGR 1, directivos del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), pasando por la Procuraduría General de la República (PGR) y la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) tienen una explicación de las causas concretas de esas muertes. Demasiado tiempo.

O quizá la única explicación a eso es, ¿o no saben o no quieren saber lo qué pasó?

Muerte y silencio, en este caso, son otros sinónimos que en México van de la mano de la impunidad.

Impunidad, del latin, impunitas.
En una definición simple, significa no recibir castigo o no ser juzgado por un acto u acción que daña, lastima o afecta a otros. Nadie podría negar que en política, una de las piezas discursivas más socorridas por los expertos en propaganda es el tema de la corrupción-impunidad.

Por ejemplo, el próximo presidente de México Andrés Manuel López Obrador le debe su triunfo, en gran medida, a un trato bien calculado del problema de la impunidad en una de sus variables: la corrupción económica, particularmente la de gran escala. Los grandes y ostentosos actos de corrupción de funcionarios visibles. Desde las conexiones del actual presidente Enrique Peña Nieto con constructoras hasta dirigentes políticos apostados por décadas en liderazgos sindicales. Esta forma de impunidad tocó las raíces de un largo resentimiento social acumulado, lo que dejó votos a granel al futuro presidente.

Pero no es el único rostro de la impunidad. Está también el de la indiferencia que se diluye en la cotidianidad de los pasillos de los hospitales, en la complicidad de enfermeras, directivos o de los encargados de investigar los abusos y excesos de los servicios de salud. Esa impunidad es superior a la visible.

Igual o más reprochable porque se hace desde una “normalidad” instalada en la mentalidad y los actos humanos. Esa impunidad, la que vive y convive desde lo cotidiano, es lo que termina anulando al otro ser humano.